martes, 29 de julio de 2014

Los pastores socorristas que dieron origen a Madroñal

La etimología de los pueblos de España abarca mucho más allá de unas simples letras. Su nombre esconde en ocasiones un singular origen que se ha ido transmitiendo de forma oral de generación en generación, forjando en ocasiones peculiares fantasías. Sin embargo, el fantasma de la despoblación enarbola sus cadenas para amenazar la pervivencia de unos relatos contados antaño a la luz de una nocturna lumbre y hoy día difundidos de vez en cuando a la sombra de calurosas tardes estivales. Es el caso de Madroñal, un pueblo de la Sierra de Francia cuyo origen se sustenta en un singular rescate.
Cuenta la leyenda que en una calurosa tarde de verano un grupo de pastores se encontraba cerca del arroyo de Arromilano. Los rayos del astro rey se introducían en la piel cual espadas en busca del enemigo con la mayor saña posible. Y el sudor manaba a borbotones para navegar hacia una abrasadora tierra. Ni siquiera el cobijo de los árboles era un bálsamo para los rehaleros.
Antes de caer la noche debían abrevar a las cabras. Pero la temperatura todavía evaporaba cualquier deseo de moverse de la majada en que se encontraban guarecidos. Tal era el hastío que decidieron jugárselo a los naipes. Quien perdiera la partida sería el encargado de acercar a los animales hasta el arroyo.

Repartieron las cartas y las manos se fueron sucediendo. Ninguno quería perder, así que quien más y quien menos intentaba hacer su parte de trampas. Y como nadie perdía los nervios se transformaron en sospechas, y las dudas en acusaciones de engaño. Se inició una discusión entre los pastores. Una trifulca en la que a punto estuvieron de llegar a las manos de no ser por unos alaridos.
 A lo lejos, alguien pedía socorro. Sin pensarlo, los pastores brincaron hacia el monte. De repente se olvidaron de la partida, del calor y hasta de los animales que debían cuidar. Agudizando el oído, determinaron que los gritos provenían del arroyo. El lugar que precisamente querían evitar minutos antes se había convertido ahora en su destino. Como si ellos mismos fueran las cabras llegaron montaña abajo en cuestión de segundos. Al llegar al cauce se encontraron con un hombre en el centro del agua reclamando auxilio mientras desde la orilla lo que parecía ser un sirviente intentaba acercarle una rama para que se agarrara.
Los pastores se sumaron a la ayuda. Entrelazaron sus manos para elaborar una cadena y así llegar con facilidad hasta el centro del arroyo. Pero el hombre no salía. Su pie había quedado enganchado entre unas rocas y por eso, cuando intentaba salir hacia la superficie, la corriente le devolvía hacia el fondo. Los cabreros se estiraron todo lo que pudieron aprovechando los restos de los miles de madroños que poblaban la zona y el último de ellos buceó hasta liberar el pie atrapado. Ya sin ataduras, todos regresaron a la orilla. El rescatado tosió con fuerza. Había tragado mucha agua, pero con ayuda de los pastores fue escupiéndola hasta limpiar sus pulmones. Tras unos instantes de fatiga por el esfuerzo realizado, el hombre se incorporó, dio las gracias al altísimo por enviarles a aquellos cabreros para liberarle y a ellos por la ayuda prestada. Como premio, ordenó a su sirviente que le entregara una moneda de oro a cada uno.
La cara de los pastores se iluminó más si cabe que el sol que horas antes había abrasado sus entrañas. Habían pasado del infierno al cielo. Con la boca arqueada por una sonrisa permanente regresaron a la majada, abrevaron a las cabras y se echaron a dormir. Tan plácidamente que a punto estuvieron de no despertar con el alba para iniciar una nueva jornada. Mientras desayunaban, departían sobre lo acontecido el día anterior. No. No había sido un sueño. En poder de cada uno obraba una moneda de oro. Comenzaron entonces a debatir qué haría con el dinero cada uno. En esas estaban cuando el sirviente que se encontraran junto al arroyo, acompañado por otros de menor rango, entró en la majada. Con ellos, unos papeles. Eran las escrituras de propiedad de aquellos terrenos. El hombre al que habían salvado era el hijo del conde de Miranda, quien en agradecimiento determinó regalarle a los pastores aquellas tierras. Los cabreros decidieron entonces emplear las monedas de oro en un bien común y construyeron sobre la majada unas casas que generación tras generación se fueron incrementando y dando lugar al pueblo que hoy día, en recuerdo de los madroños empleados por los pastores durante el rescate, responde al nombre de Madroñal.

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